Despierta perezoso

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Despierta perezoso.
Ya entra la luz por la ventana.
El mundo gira y ya salimos de la zona oscura.
Aprovecha la vista ininterrumpida de esta estrella que llamamos sol.
Que el sol nos calienta y nos ilumina, y sin el sol no hay vida.

Despierta mi perezoso, porque podemos ver nuestra estrella.
Sin el sol no hay fotosíntesis, que crea vida usando luz, aire, agua, y tierra.
Salgamos a celebrar, que podemos comer pasteles de trigo y miel de abejas.
Sin el sol y las plantas no comeríamos más que piedras.

Despierta mi perezoso, salgamos a celebrar que la luz toca nuestras tierras.

Sol solecito, calientame un poquito.

¿Que no hay nubes mi niño? Pónte la gorra.

Salgamos a celebrar que la tierra gira, y que ahora, en este momento, nuestra estrella brilla afuera.

Sobre la muerte de un padre

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Mi mamá me cuenta que conoció a papá en la universidad. Él era el capitán del equipo de atletismo, medalla de plata en cien metros planos. La sonrisa más hermoza de este mundo que la llenaba de felicidad.

Después de graduarse mi papá entró a administrar la panadería familiar. Mamá me cuenta el trabajaba de madrugada hasta la noche. Él horneaba, él repartía, el vendía, el hacía cuentas. Todo el día sin parar.

Mamá me cuenta, todo el trabajo era para un sueño personal: Que un día sus hijos fueran al extranjero para estudiar. Por ese sueño a romperse el lomo, olvidar las medallas de plata. Para abrir una panadería en la capital.

El éxito de su empresa, cuenta mamá, fue la semilla de la dresgracia. Llegó una persona, con dos fotos, una de mis hermanos saliendo de la escuela. Y otra de mamá, sola en la casa. Papá pagó la suma acordada sin dudar.

Al dia siguiente a empacar maletas. Nos fuimos para Disneylandia. Y eso que todavia no era Navidad. Despues de Mickey Mouse, nunca regresamos a nuestra house. Las maletas se quedaron empacadas en el motel. Los pasaportes guardados en una caja de zapatos.

Recuerdo a papá saliendo con frio a la calle, a trabajar. Mamá me cuenta que él comenzó como lavaplatos, luego a ayudante de cocina. Varios inviernos pasaron. Papá ganó varios años, y también muchos kilos. Conseguimos apartamento. Aprendimos inglés, y pudimos estudiar.

Era otra madrugada de diciembre. Papá llegaba al trabajo. La migra ya estaba afuera, requisando, buscando papeles. Él salió corriendo apenas los vio. Increíble velocidad, ningún policía lo iba a alcanzar. Pero a mi papá no lo alcanzó la migra sino la edad. Lo encontraron a la media hora, tirado en el suelo. Muerte por causas naturales, infarto al miocardio.

Mamá me dice que no esté triste. Que todo pasa por una razón, y que ahora que estoy en la universidad mi papá va estar muy feliz, allá en el cielo. Yo trato de tragarme esta furia. Pero no puedo. Me robaron el pais de mi infancia, me robaron a mi papá. Y mi título universitario de qué me sirve si no puedo trabajar.

Sobre la muerte de un universitario

IMPORTANTE: NO BOTAR!

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Por favor le ruego por lo más sagrado que le lleve este papel a mi madre. Que no pese sobre su conciencia el dejar a una mamá esperando por noticias sobre su hijo.

Su nombre es Raquel Martinez de Blanco. La puede encontrar en el mercadillo de San Joaquín de los Vientos, ella trabaja en el puesto de frutas a la izquierda de la entrada principal. También la puede encontrar en la segunda cuadra de la Avenida Independencia en el barrio Rosedal, en la casa verde sin número, al lado del poste de luz.

Madre:

Le escribo si mucha esperanza de que nos volvamos a ver. No le dije esta mañana, pero mi paseo en bus no era un paseo. Los compañeros y yo estábamos yendo a una marcha estudiantil. Discúlpeme por mentirle.

A mediodía nos pararon en un retén de la policía. Nos hicieron bajar a todos y nos requizaron, nos pidieron nuestras identificaciones. Luego hombres vestidos de civil entraron a los buses y sacaron todas nuestras mochilas, las pusieron en la parte de atras de un camión. Nos hicieron quitar los zapatos y las camisas, nos hicieron poner nuestras billeteras en una bolsa plástica y decomisaron los celulares de mis compañeros.

Llevamos horas en el bus. Hace frío y cada vez tengo menos esperanzas de que regrecemos al pueblo. Discúlpeme por hacerla sufrir madre. Yo siempre me esforcé por ser un buen estudiante. Por estudiar y ser un profesional para poder sacarla de la pobreza. Pero si no hubiese venido a la protesta con los compañeros ellos estarían acá en el bus camino al olvido, y yo como un cobarde acostado en mi cama. Ahora tengo miedo. Tengo mucho miedo y mucho frío. Si mañana no aparezco madre, quiero que sepa que yo la quiero mucho. Sepa que si muero fue por algo en lo que creo profundamente.

No me olvide madre, y por favor reze por mí.

Manuel.

Sobre la muerte de un adolecente

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Me mataron a mi Mike.

Me lo mataron en la mitad de la calle, a plena luz del dia.

Me enteré de su muerte esa misma tarde cuando uno de sus amigos me llamó a la fábrica. Cuando me llamaron por altavoz para que fuera a la administración lo único que podía pensar era que me iban a despedir.

Los tiempos estan difíciles en la fábrica, muchas compañeras han sido llamadas para adminstración, y luego se van, unas tranquilas, otras llorando. Nunca vuelven al otro día a trabajar.

Cuando me llamaron yo solo atiné a rezar: Que no me despidan dios mio!

Cuando en la administración me pasaron el teléfono yo no sabía qué pensar, pero algo dentro mío se desplomó. No hay nada peor que saber que algo malo pasó, pero no tener el menor presentimiento de que puede ser. Siempre pensé que la muerte iba a tener la cortesía de darme una premonición, pero esta vez la llamada telefónica llegó sin ningún aviso, sin ninguna señal.

La llamada fue corta: Mataron a Mike. Lo mató un policía esta mañana. Yo lo ví. No pude hacer nada.

Salí llorando de la fabrica. Mis compañeras seguro pensaban que me habían despedido. No me importaba lo que ellas pensaban. Me mataron a mi Mike. Me lo mataron antes que acabara su escuela secundaria. Me mataron a mi niño.

La historia es simple. Mike se puso a discutir con el policía, se pusieron a pelear, Mike le pegó varios puñetazos, y luego el policía le disparó. Lo mató ahí mismo. Su cuerpo estuvo en la calle por varias horas.

Cuando fui a reclamar su cuerpo me dijeron que tenía que esperar. Que Mike necesitaba una autopsia. Que la ley tenía que seguir su curso y que se haría justicia.

Yo ya he vivido demasiado como para esperar que la justicia llegue. Los pobres no tenemos justicia.

Lo único que quiero es poder despedirme de mi niño grande. Darle un último beso. Dejarlo que descanse en paz.

Me mataron a mi Mike. Me lo mataron.

Sobre la muerte de un niño

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Martín tomó prestada la escopeta de plástico para ir al parque. Su hermano estaba en la escuela todavía, pero Martín y sus amigos tenían la tarde libre. Era la ocasión perfecta para jugar a la guerra en el parque con la escopeta de su hermano.

Normalmente Martín encontraba la rama más larga que podía cargar y con ella apuntaba contra el enemigo. Pum! Pum! Pum!

Te dí, te dí, estás muerto. Decía Martín. No! decían los amigos, no estoy muerto, estoy solo herido en el brazo. Y seguían corriendo.

Hoy Martín tenía un rifle que se veía como los de verdad. Sus amigos ya no podrían decir que sólo los había herido en el brazo. Con la rama sus disparos imaginarios tenían la inherente ambiguedad de la punta torcida, pero con este rifle no había dudas. Pum! Pum! Pum! Estás en mi mira! Estás muerto!

Martín llegó al borde del parque y se sentó a esperar. El aire estaba frío, y había llegado tan temprano que seguro iba a tener que esperar por unos veinte minutos. Con este frío era mejor moverse. Martín vio una ardilla. Pum! Pum! Pum! Estás muerta ardilla! Pum! Pum! Pum! Pum! Estás muerto pajarito!

Un carro de policía saltó la acera y frenó en el pedazo de pasto al lado de Martín.

Dos segundos después Martín estaba en el suelo. Un líquido caliente salía de su estómago.

Mierda! Es un juguete! Es sólo de plástico!

Rapido! Al hospital, súbelo al carro, súbelo al carro.

¿Puedes escucharme? ¿Puedes escucharme niño?

Martín respondió: Pum! Te dí! Estás muerto!

Sobre la muerte de un infante

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El peso de su niño ya no era el mismo. Ahora en la bolsa se sentía más como un gatito huezudo. Una masa de carne sin vida, que colgaba sobre sus hombros como un costal lleno de globos de agua.

José sentía menos dolor ahora que podía encargarse de su niño. Esa madrugada se depidió de toda la familia. Apagó las velas alrededor de la cama, esperó a que su esposa le diera un ultimo beso a su niño en la frente, lo envolvió con cuidado en las sábanas, y puso su cuerpo en una bolsa. Ahora el peso de su niño estaba sobre sus hombros, pero al menos esta vez José tenía la suerte de su hijo en sus manos. Nunca tuvo el dinero para pagar los médicos que su niño necesitaba. Ahora tampoco tenía dinero para pagarle el entierro que su angelito merecía, pero José tenía una espalda fuerte y sabía como utilizar una pala.

Caminando rápido pero tratando de no llamar la atención, José comienza a seguir la ruta que le enseño el vecino, subiendo el cerro por un sendero de rocas, hasta la segunda torre eléctrica, luego a la derecha por diez minutos. Cuando José llegó al cementerio clandestino la luz de la mañana comenzaba a iluminar el arenal lleno de cruces. La imagen no era macabra, tampoco muy triste. José sabía que su niño no estaría solo. Algunas de las fotos eran de niños que él había visto jugar con su hijo en el pasado. Su niño no estaría solo. José empezó a cavar y el sudor reemplazo las lágrimas. El calor del ejercicio le quitó un poco la tristeza del alma.

José le dio un último abrazo a la bolsa, y por un segundo sintió el calor de los abrazos que tanto iba a extrañar.

Con una sonrisa dijo:

«Buenas noches mi niño. Que sueñes con los angelitos.»

José llenó el agujero con tierra, puso una cruz y una foto. Comenzó a caminar hacia su casa, donde su familia lo esperaba.

La pesadilla de Carlitos

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Hasta la semana pasada las pesadillas de Carlitos eran sobre los exámenes de la escuela o sobre las manos rompe-juguetes de su hermano Tomás. Pero esta noche el villano de su pesadilla había sido él mismo. Carlitos se había visto en sus sueños haciendo algo que no debía hacer. Y eso lo tenía muy asustado.

Papá, mamá, papá, mamá, papito, mamita! – gritó Carlitos desde su cama.

Esta pesadilla había sido una pesadilla como ninguna otra. Él estaba tan asustado que quería que sus papás estuvieran a su lado rapidito para ayudarlo a calmar.

Todo comenzó esa mañana: Tomasito, el hermano menor de Carlitos, recibió un juguete hermoso. El mejor carrito de carreras que Carlitos jamás había visto. Era de metal plateado con ruedas anchas negras, y una cabina de piloto ovalada que parecía de un avión supersónico. Ese era el carrito de carreras que Carlitos siempre había querido. Y hoy, para su horror, se lo habían entregado al monstruo destructor de juguetes.

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Tomás habiá llegado al mundo hace dos años y desde entonces la vida de Carlitos estaba de cabeza. Las manos regordetas de sus hermano eran el terror de todos los juguetes; las manos rompe-juguetes destrozaban carritos, muñecos y libros. Cualquier cosa que acababa en las portentosas manos de su hermanito terminaba rota o manchada.

El sueño le mostró esa mañana en la sala de la casa, celebrando el cumpleaños de Tomasito con la famila. Los detalles distintos, pero casi iguales, la luz del sol con un tinte verde que llenaba las caras con sombras macabras.

En su pesadilla Carlitos aprovechó cuando la familia no estaba viendo y Tomasito estaba abriendo otro de sus regalos, para agarrar el maravilloso carrito de carreras y esconderlo debajo del cojín del sofá verde. Carlitos sabía que no estaba bien lo que hacía, pero debía salvar el carrito de carreras de las manos rompe-juguetes.

Ahora en la cama y en sus sueños, Carlitos había visto lo que hizo con nuevos ojos y se despertó gritando.

Papá, mamá, vengan pronto!

Cuando sus padres llegaron corriendo a su cuarto, Carlitos comenzó a llorar.

Hice algo malo esta mañana – les dijo entre sollozos – escondí uno de los regalos de Tomás en el sofá.

¿En el sofá verde?- preguntaron los papás de Carlitos.

Sí – confesó Carlitos

Los papás de Carlos se miraron uno al otro, y le confesaron:

Hijo, el sofá verde estaba tan sucio y destrozado por las manos de tu hermano que esta tarde compramos un sofá nuevo y enviamos el viejo al basurero. ¿Cuál es el juguete que escondiste?

Carlitos, pensando en el perfecto carrito de carreras ahora perdido para siempre en el basurero, lanzó un grito que despertó a todos en la casa:

Papá, mamá, papá, mamá, papito, mamita!

La acordeonera

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Siempre piensan que los músicos tocamos música porque nos gusta que la gente se siente en las sillas de un teatro a vernos tocar. Hay algunos a los que sí les gustan que los vean en los escenarios, pero yo toco música porque me gusta ver la gente bailando y porque me gusta traer alegría al mundo. Si mi acordeón se tocase sólo, yo lo dejaría tocar y me sentaría al lado para ver los niños, las parejas, y los viejitos en la pista de baile. Cada nota de mi acordeón inspira movimiento y no hay manera de estar tristes cuando se salta y se mueve el cuerpo con mis melodías.

Todos tenemos diferentes motivos para tocar un instrumento, el mío es que la gente se conecte a través de la música, que baile y que sea feliz.

Cuando estoy tocando a veces me enfoco en una sola persona en la pista de baile. Toco las notas de la canción en mi acordeón y noto que sus pies se mueven al ritmo de mis dedos. Esa es una conexión muy difícil de explicar, pero me encanta sentirla. Si es un niño el que baila, pues mejor aún, veo sus saltitos arrítmicos e imagino en veinte años a un bailarín profesional. Me sonrío cuando a los que bailan no les sobra el buen ritmo, pero nunca me burlo, porque como decía mi abuelo: “cada cual debe bailar como le nace”.

A mi abuelo no lo conocí, el murió en Europa a comienzos de la segunda guerra mundial. Mi abuela me contó todo sobre él. Ella dice que yo me parezco mucho a abuelo, no sólo porque ambos tocamos el acordeón, pero también por la conexión tan especial que tenemos con la gente. Sentimos lo que otra gente está sintiendo a veces más fuerte de lo que ellos mismos lo sienten. Abuela dice que si a él no lo hubiesen matado por defender sus pertenencias en un desalojo, se hubiera muerto de pena al ver el sufrimiento de sus hermanos en el encierro de los campos de concentración. Cuando yo pienso en la muerte de mi abuelo y el sufrimiento de mi abuela, mi acordeón sólo quiere tocar tangos tristes, pero esos los toco sola, sin público para escucharme.

A mí lo que más me gusta es tocar música en matrimonios. La alegría es tan contagiosa que me cuesta trabajo mantener el tempo, mis dedos quieren deslizarse cada vez más rápido, ver hasta que punto la gente puede seguir el ritmo y moverse como poseídos. Otras veces, cuando la novia y el novio bailan y se miran a los ojos, quisiera que una sola nota eterna les permitiera alargar esa mirada, en la que se encuentran ellos dos solos aunque el cuarto está repleto de gente. Quisiera hacer la nota de Do sostenido durar un minuto más, hasta que sin aire los novios se den cuenta que se habían olvidado hasta de respirar.

A los virtuosos denles sus salas de concierto. A mí denme mi acordeón, una sala de baile, y la gente que baila. Para cada mal que aflige en esta tierra, hay un niñito saltando al ritmo del acordeón, una pareja amándose sobremanera, y en la esquina, abrazados, una pareja de ancianos bailando como les nace.

A mi denme mi acordeón, y de mi nombre ni se preocupen, pueden llamarme simplemente la acordeonera. Nos vemos en la próxima fiesta.

Seattle sí es la Ciudad Esmeralda

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Maria de Lourdes Victoria habla y nosotros escuchamos muy atentos. Ni una mosca se mueve en el aula de la biblioteca central de Seattle. Ella dice que la película del mago de Oz tiene una escena clave. ¿La han visto? Al comienzo de la película Totó, el perrito de Dorothy, muerde a la vecina. Después de eso la vecina se lo lleva para que el sheriff lo mate, pero Totó escapa y regresa con Dorothy. Dorothy decide fugarse con Totó. Un poco después, Dorothy pierde la conciencia y un tornado nos lleva a todos al mundo tecnicolor del mago de Oz.

Todo lo que vemos en el resto de la película es consecuencia de la mordida. Con esa escena conocemos a la protagonista, Dorothy, y a la antagonista, la vecina. Por esa escena sabemos que el mundo del mago de Oz al que entraremos no es real, sino la extensión del mundo que vive en el subconsciente de Dorothy. En la película vemos que la vecina se convierte en la bruja malvada, y los tres peones de la granja se convierten en el león, el hombre de hojalata, y el espantapájaros. Aunque sabemos que estamos dentro del sueño de Dorothy, la película nos fascina y la magia del mundo de Oz se hace realidad frente a nuestros ojos.

Cuando escribimos- nos dice María de Lourdes Victoria- hay que tener en cuenta el tiempo, el espacio, y el nivel de realidad de nuestra historia. Esa escena de la película del mago de Oz es algo en lo que debemos pensar cuando nos sentamos a escribir, pero hay otra cosa muy importante que también debemos definir cuando escribimos: debemos encontrar la respuesta a la pregunta ¿Quién está narrando la historia?

Acá les tengo cuatro ejemplos, cuatro narradores distintos describiendo la misma escena. Ella nos dice mientras se prepara a leer sus notas. Ahí les va el primer ejemplo:

Las medias sucias sabían terrible, pero su gusto rancio no me quitaba el espíritu de gloria. Yo no tolero la maldad y la crueldad, y esta bruja con disfraz de vieja se merecía una y mil mordidas. Dorothy, mi amada ama, celebra conmigo nuestra valiente venganza. ¡Abajo la tiranía de las vecinas amargadas!

María de Lourdes Victoria levanta los ojos de sus notas y nos mira. Esa fue una narración en primera persona por el que está realizando la acción, en este caso Totó que muerde la vecina. Acá les va el segundo ejemplo:

La peor de mis pesadillas estaba pasando frente a mis ojos. Mi querido Totó perdió la cabeza y mordió a la bruja. Lo vi como si estuviera pasando en cámara lenta. Vi sus ojos abrirse enormes, la cara de lobo que jamás había visto antes. La maldad de la vecina, por un instante, me hizo ver la fiera que vivía dentro de mi mascota. Y por más que yo trate, yo sé que esa imagen nunca se me va a borrar de la mente.

De nuevo María de Lourdes Victoria levanta los ojos de sus notas y nos dice: narración de primera persona, en este caso Dorothy que es testigo del momento cuando Totó muerde a la vecina. Acá les va el tercer ejemplo:

Me duelen mucho los brazos y tengo cansadas las alas, ya son muchas horas de cargar esta pesada piedra y sólo puedo pensar en regresar al castillo a comerme una banana. Pero nuestra misión vale la pena, todos conocemos la injusticia cometida. Todos hemos escuchado la historia de la horrible bestia que mordió a nuestra ama. Fue una agresión gratuita, injustificada, llena de malicia. Totó clavó los colmillos afilados destrozando la tierna carne, sin motivo y sin compasión. Yo lo sé, todos lo sabemos, está en nuestras canciones, y está en las imágenes que pueblan las pesadillas de nuestros hijos. Pero ya falta poco, no vamos a rendirnos. La venganza, aplastante y definitiva, va a llegar muy pronto.

Este ejemplo es el de un narrador que no fue testigo, pero al que le contaron que Totó mordió a la vecina. Y el último ejemplo es el del narrador omnisciente. Recuerden de no confundirlo con omnipresente, que ese es sólo dios. Este es el narrador que no participa en la historia pero que sabe todo lo que está pasando, todo lo que pasará, y todo lo que los personajes están pensando. Ahí les va:

Dorothy conoció el horror en el preciso instante que Totó mordió a la vecina. Ella pudo ver la fiera que antes se escondía detrás de la cara inocente de su perrito, y el miedo se metió debajo de su piel para siempre. Totó por otro lado sintió la libertad que da defender a quien amaba con valentía y dejó de ser mascota de regazo para ser por fin el animal primitivo. Ese día marcó un cambio en la relación de Dorothy y Totó, y ellos lo notaron en ese mismo momento. De lo que no se dieron cuenta es que en ese mismo instante se convirtieron en los grandes villanos, en el material eterno de las historias en la aldea de los monos alados.

Apenas Maria de Lourdes Victoria terminó de leernos sus ejemplos apareció la imprescindible Marcela Calderón Vodall con una caja de zapatos en sus manos. Ni nos dimos cuenta cuando había entrado al aula, como de costumbre ella llegó en el momento preciso, como por arte de magia. Mientras le pasaba un par de zapatos color rubí a María de Lourdes le preguntó:

¿Tú crees que ya están listos?

Sólo hay una manera de saberlo – respondió ella mientras se ponía los zapatos rubí. Sin darnos tiempo de entender lo que estaba pasando, golpeó sus talones juntos y repitió tres veces:

No hay lugar como el hogar.

No hay lugar como el hogar.

No hay lugar como el hogar.

Las palabras de María de Lourdes Victoria conjuraron un tornado dentro de la biblioteca central de Seattle. El viento aullaba y hacía temblar los vidrios del edificio. Me comencé a preguntar si el tornado nos levantaría a todos en vuelo y nos llevaría a Veracruz, el hogar materno de Maria Victoria, o si nos llevaría a cada uno de nosotros a nuestros respectivos países. Hasta me alcancé a preocupar porque no cargaba mi pasaporte. Pero el tornado no se llevó nada ni a nadie, por el contrario nos trajo muchas cosas:

Nos trajo libros en español, desde Pérez-Reverte hasta Cortázar; nos trajo sonidos de charangos, quenas, y flautas; nos trajo sabores de empanadas, pupusas, y enchiladas; y sobre todo nos trajo la esperanza muy grande de que este, nuestro nuevo hogar, sea tierra fecunda para niños bilingües, orgullosos de sus raíces, ciudadanos ejemplares de la nueva patria.

Para saber más de Maria de Lourdes Victoria

Para saber mas de Marcela Calderón-Vodall

Para saber más de Seattle Escribe

 

La lluvia amarilla

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!Quiero orinar!

Por favor espere que no es su turno.

!Quiero orinar!

Por favor sea paciente.

!Quiero orinar!

Un minuto más y ya va a poder.

Sin saber que hacer, él se sale al balcón y comienza a regar las palmeras desde el segundo piso. Sale una cantidad de orina majestuosa, un chorro enorme que llueve sobre la palmera más cercana, al pie de donde hay un hormiguero gigantesco.

Las hormigas en la palmera reciben el preciado líquido. Lo prueban, se maravillan por su dulzura, y alegres llevan las gotas amarillas a su hormiguero.

En el hormiguero hay un reventón, la pachanga más grande en el pequeño mundo de los formícidos. Nunca habían encontrado lluvia tan sabrosa y dulce como la miel. Una lluvia intoxicante que emborracha tanto a obrera como a reina. La dulzura del elixir ocasiona una tomadera generalizada, y en el frenesí se acaba toda el agua amarilla en pocos minutos.

Ya sobria, la reina hormiga manda a buscar la fuente del elixir amarillo. Sin dudar un instante, miles de hormigas se mueven como una sola, buscando las huellas químicas que llevan al elixir.

Sin saber la conmoción que ha causado abajo en las palmeras, el paciente está todavía en el balcón, respirando relajadamente al fin, pero preocupado qué le va a decir al enfermero.

El enfermero sale al balcón para ver qué está pasando con su paciente.

Lo siento, le dice el paciente, no me aguanté las ganas y tuve que orinar desde el balcón. ¿Le parece si regreso mañana para tomar las muestras de orina para análisis?

El enfermero mira hacia abajo del balcón, ve las hormigas subiendo frenéticas por las paredes de la clínica. Ve al paciente, con los pantalones dos tallas más grandes que su cintura, signo de pérdida rápida de peso, y a su lado dos bolsas vacías de papel que tienen sobras de comida, señal que el paciente tenía un apetito extremo.

Señor, dice el enfermero poniendo su mano sobre el hombro del paciente, sí vamos a hacer los análisis de todas maneras, pero usted lo que tiene es diabetes, de la que se llama Diabetes Mellitus.

¿Diabetes mellitus? ¿Y eso que significa?

Pues mi amigo, creo que viene del griego, y significa algo así como chorro endulzado con miel, y mejor nos entramos a la clínica y le explico con calma a puerta cerrada, porque las hormigas ya están llegando al balcón… y se ven muy sedientas.

Para aprender más sobre la diabetes mellitus:

Cuando catar la orina te confirmaba una diabetes

Diagnostico moderno de la diabetes